En memoria del Dr. Ibrahim Baydoun (1941–2025)
Discurso del Dr. Kamel Mohanna
Presidente de la Fundación Amel Internacional
y Coordinador General de la Red de Organizaciones Voluntarias del Líbano
Pronunciado durante el acto de homenaje y presentación de la obra del historiador y escritor fallecido Ibrahim Baydoun (1941–2025), celebrado en el marco del ciclo trimestral de homenajes a los escritores libaneses, organizado por la Unión de Escritores Libaneses en colaboración con el Foro Cultural, y acogido por la Asociación para la Especialización y la Orientación Científica. El acto incluyó también el lanzamiento del sexto número de la revista de la Unión.
Miércoles, 8 de julio de 2026 – 17:00 horas
Asociación para la Especialización y la Orientación Científica – Janah, Beirut
Querido hermano, Dr. Ibrahim:
Nunca imaginé que algún día subiría a un estrado para pronunciar tu elegía. Tú eras el señor de los estrados, el orador elocuente, el maestro de la palabra, el poeta y escritor que escogía sus expresiones en los manantiales del alma y en las raíces más profundas de la lengua.
Nunca imaginé que hoy me correspondería iluminar tu vida ante nuestros amigos, cuando eras tú quien poseía la pasión de iluminar la historia y sus civilizaciones, los tiempos y los lugares. Tú sabías mejor que nadie cómo dar luz al espíritu. Contigo navegábamos por el océano de las palabras hasta alcanzar sus más altas expresiones. De ti bebía la Fundación Amel ideas, orientaciones y visión. ¿Cómo no habría de ser así, si velabas celosamente por su desarrollo y la enriquecías siempre con lo mejor de ti? Fuiste su Secretario General, aferrado a su trayectoria desde el momento mismo de su fundación hasta el último aliento de tu vida.
Hoy te evocamos en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia. Sé que tu espíritu permanece cercado en Bint Jbeil y que tu tierra se niega a ser derrotada por el estallido de los misiles y el grito de los edificios destruidos. Tú levantaste allí torres para la memoria y edificaste nubes de conocimiento que derramaron su lluvia sobre innumerables rincones del mundo. Quien contempla la ciudad desde lejos podría pensar que el enemigo ha despertado en ella la imagen de Hiroshima. Pero las almas no conocen cadenas ni se detienen ante fronteras. Ningún fuego ni mano criminal podrá jamás alcanzar la tuya.
Hermano mío, Abu Ali:
No me resulta fácil soportar el vacío que has dejado en mi corazón. No puedo arrancar de mi sangre medio siglo de compañerismo y trabajo compartido. Medio siglo de lealtad que el tiempo no ha conseguido desgastar y de una amistad que jamás fue empañada por el desacuerdo. Desde el principio nos unió un propósito claro, uno que ni los avatares del tiempo ni las guerras lograron quebrantar: servir al ser humano, acompañar a los marginados, los oprimidos y los más desfavorecidos, servir a todo ciudadano del Líbano, sin importar su confesión, identidad, inclinaciones o posiciones políticas.
Juntos decidimos emprender una aventura cuando fundamos Amel desde cero en 1979 y la protegimos a pesar de todos los obstáculos que encontramos en el camino. Tú llevabas conmigo el peso de aquella experiencia y yo lo llevaba contigo, antes de que la propia experiencia creciera y nosotros crecieramos con ella. Y, pese a todo el cansancio, sonreíamos juntos cada vez que veíamos desplegarse las alas de la institución por el mundo, estableciendo nuevas sedes en distintos países y levantando nuestra bandera en más de cincuenta centros distribuidos por todo el Líbano.
Juntos construimos este legado que hoy descansa sobre los hombros de mil ochocientos jóvenes, mujeres y hombres que te escuchaban con afecto, dialogaban contigo con admiración, sabían que eras uno de los pilares fundamentales de la institución y continúan inspirándose en el ejemplo que les dejaste. Ellos me han pedido hoy que lleve hasta ti el saludo más sincero para el alma más noble.
Eras, querido amigo, la llama que iluminaba más de un camino. Eras el pensador que leyó la historia con una mirada abierta, audaz y libre, siempre dispuesto a revisar las ideas establecidas. Hiciste de la historia islámica el centro de tu investigación: aceptabas una interpretación, corregías otra y cuestionabas una tercera, porque nunca naciste del conformismo ni de la aceptación ciega de lo establecido.
Tu padre, espíritu rebelde, contribuyó en su tiempo al levantamiento del tabaco y compartió tertulias con escritores comprometidos en la lucha contra la injusticia y la ocupación, hombres de pensamiento libre. Fue él quien te tomó de la mano y te introdujo en el universo de la poesía, convirtiéndote para siempre en un enamorado de la literatura.
Sin embargo, cuando llamaste a las puertas de la universidad, elegiste el camino de la Historia. Tal vez aquella decisión nació de los intensos debates intelectuales que mantenías en el ambiente efervescente de las corrientes de pensamiento que marcaron el Líbano en la década de los sesenta. Estudiaste la Historia con verdadera pasión y la enseñaste muy lejos del mero profesionalismo, de la rutina y del concepto de la enseñanza como un simple empleo, hasta convertirte en uno de esos pocos hombres cuyos nombres quedan inscritos en la propia memoria de la Historia.
Fuiste nombrado presidente del Departamento de Historia de la Universidad Libanesa y llegaste a ser una de las figuras más destacadas entre los historiadores árabes. Recibiste la distinción de «Historiador Árabe» otorgada por la Unión de Historiadores Árabes; el primer premio del Festival del Imam Ali en Irán; el escudo del Centro Cultural Islámico, bajo el patrocinio del ayatolá Sayyed Muhammad Hussein Fadlallah; y tus investigaciones merecieron también el reconocimiento del ayatolá Sheikh Muhammad Mahdi Shamseddine.
Tu obra «La revolución de Huséin: acontecimiento y problemáticas» supuso un auténtico impacto para quienes estaban acostumbrados a la narrativa tradicional de las asambleas de duelo. Muchos no aceptaron la audacia de tus planteamientos. Pero eso nunca te intimidó. Al contrario, sabías de antemano que el libro suscitaría controversia y que su verdadero propósito no sería comprendido de inmediato. Por ello continuaste publicando nuevos estudios científicos que fueron disipando la sorpresa inicial y conduciendo poco a poco a los lectores hacia la comprensión de la visión que deseabas transmitir sobre la personalidad del Imam Huséin, con serenidad, rigor y una extraordinaria capacidad de persuasión.
Así escribías sobre el pensamiento político islámico: con un método científico claro y sólido, lejos de los discursos puramente emocionales y de las polémicas que suelen generar. Te guiaban únicamente tus convicciones como investigador objetivo, convencido de que el conocimiento debía ser siempre el punto de partida y el punto de llegada. Esa integridad intelectual te ganó el respeto de todos, incluso cuando abordabas algunos de los temas más delicados y sensibles de nuestro tiempo.
Y porque aspirabas a dejar una huella profunda en el lector, recurrías a tu extraordinario talento literario para insuflar belleza a la aparente aridez de la Historia. Tu elegante, fluido y profundo dominio de la lengua árabe fue un instrumento privilegiado para desentrañar los textos y revelar sus significados más ocultos.
Amigo mío, hermano de mi alma:
Nunca fuiste de quienes desperdician el tiempo ni de quienes permiten que una especialidad, un cargo o un determinado estilo de vida los aprisione. Que tu producción intelectual haya superado las doscientas obras —entre libros, investigaciones, traducciones y estudios presentados en congresos nacionales y árabes— no fue fruto del azar. A ello añadiste una valiosa producción periodística cuando emprendiste la experiencia de escribir para el diario As-Safir, donde nuestro inolvidable amigo Talal Salman acogió siempre tus escritos con aprecio.
Hijo de Jabal Amel, exploraste la historia literaria de tu tierra y compartiste la compañía de sus grandes poetas, tanto de aquellos considerados «bohemios» como de los hombres de religión. Pero tu pasión nunca conoció límites. Conservabas en la memoria innumerables versos de los grandes poetas árabes que fueron jalonando tu vida como estaciones luminosas. Más de una vez evocaste ante mí los nombres de incontables poetas y de no pocos novelistas, cuyas obras habías recorrido con la paciencia y el deleite de quien pasea por un jardín infinito de ideas y belleza.
Amigo mío:
Ni tú ni yo restamos nunca importancia al papel de los partidos políticos en la vida pública libanesa, como tampoco al que desempeñan en cualquier otra parte del mundo. Sin embargo, decidimos dedicar nuestras energías, juntos, a la causa de la acción humanitaria. En la Fundación Amel, tuvimos el privilegio de contar contigo como compañero de camino: aportabas tus ideas y tus valiosas propuestas, participabas activamente en nuestras iniciativas, recibías junto a nosotros a las delegaciones de amigos y donantes llegados de todo el mundo y eras un verdadero maestro a la hora de definir conceptos, trazar visiones de futuro y reflexionar sobre las vías de renovación del trabajo de las asociaciones y organizaciones humanitarias.
Al mismo tiempo, desempeñaste un papel fundamental en otra institución cultural que contribuyó de manera decisiva al desarrollo de una cultura comprometida y a proyectar la imagen más noble de la riqueza histórica, cultural y humana de Jabal Amel y del sur del Líbano: el Consejo Cultural del Sur del Líbano, presidido por nuestro recordado amigo Habib Sadek. Allí ocupaste la vicepresidencia y dejaste una huella tan distinguida como perdurable.
Amigo mío:
¡Qué afortunado fui al conocerte en Grenoble, en Francia! Yo presidía entonces la Unión General de Estudiantes Libaneses y tú eras uno de sus miembros. Éramos tan cercanos como lo son Bint Jbeil y Khiam, compartiendo las mismas preocupaciones por nuestra patria y por nuestra gente. Aquel fue nuestro primer encuentro. Más tarde volveríamos a encontrarnos para emprender juntos la aventura de fundar Amel y dar vida a una amistad que nunca se vio debilitada por las diferencias de opinión; al contrario, estas no hicieron sino fortalecer los lazos que nos unían.
Nuestra relación estuvo siempre cimentada sobre la lealtad, la sinceridad y la cooperación. Nuestro objetivo fue, desde el principio hasta el final, profundamente humano. Y cuanto más se convertían tus escritos en un faro para la historiografía, más crecían tu humildad, tu transparencia y tu amor por los demás. Nuestras conversaciones diarias eran, muchas veces, un remanso donde sacudíamos el polvo del cansancio, repasábamos la actualidad política y social y descendíamos, con naturalidad, desde las grandes cuestiones filosóficas hasta la sencillez de una broma compartida.
Con el paso de los años, nuestras dos familias terminaron siendo una sola. Hoy prometemos a Um Ali, a tus hijas Sirin, Kinda y Alia, y a tu hijo Ali, que permaneceremos unidos, fieles a tu memoria luminosa, inspirándonos en tu vida, en tu trayectoria, en tu pensamiento, en tu legado y en la huella imborrable que has dejado en todos nosotros, mientras elevamos la mirada hacia ti, confiando en que ocupas el más alto de los lugares.
Hermano mío, amigo mío, amado compañero:
No puedo concluir sin confesarte una verdad que nace de lo más profundo de mi corazón: hasta hoy no he logrado domesticar el inmenso vacío que dejaste dentro de mí. Sigue siendo una oscuridad densa, una tristeza que no se seca y una inquietud que tiembla sobre mis párpados.
No me despediré de ti.
Porque mientras sigas habitando mi corazón, mañana y noche, nunca habrá un adiós.
