Amigos:
Comienzo donde debe comenzar toda conversación sobre la dignidad y la libertad: con la cultura, con el teatro, con este mismo lugar que la artista Nidal Al-Ashkar insiste en mantener como un espacio para el pensamiento y el arte libre, una plataforma para resistir la desesperanza y la derrota, en un momento en que se empuja a las personas a rendirse y a renunciar a sus derechos con tal de “estar a salvo”, sin que realmente lleguen a estarlo.
Gracias al Teatro de la Ciudad, esta institución histórica que nunca fue solo un escenario de representaciones, sino siempre un teatro de conciencia, de conocimiento y de creatividad; un foro para las preguntas difíciles, y un refugio para el pensamiento libre en Beirut y en el Líbano. Aquí, donde la palabra resistió a la represión y donde el teatro se enfrentó al colonialismo, a la mediocridad y al miedo, la cultura preservó su papel como primera línea de defensa del ser humano.
Y mi más profundo agradecimiento, aprecio y gratitud a la dama del teatro, hija de una casa de lucha, uno de los escudos de la cultura frente a los enemigos de la nación, una voz que nunca transigió, una mente que nunca se quebró, y una presencia que encarnó lo que significa que la cultura sea un acto político ético, no un adorno ni un lujo. Nidal Al-Ashkar no es solo un nombre en la historia del teatro, es una larga experiencia de lucha, una que ha demostrado —y sigue demostrando— que la cultura puede proteger las libertades cuando la política las abandona.
Después de este agradecimiento, permítanme formular una pregunta que es simple en su forma, pero profunda en su significado: ¿qué saben ustedes de “Amel”?
¿Qué saben de este movimiento que hoy es internacional en todo el sentido de la palabra?, ¿cómo comenzó?, ¿por qué?, ¿con qué propósito ha continuado y sigue adelante?, ¿y por qué razones ha logrado perdurar?
Los centros de Amel, hoy más de cuarenta, sus programas diversos, sus clínicas móviles, sus unidades educativas itinerantes, y sus iniciativas que atienden a niños que viven en la calle, funcionan hoy con una armonía viva y continua en la mayoría de las regiones libanesas, esas mismas regiones que llevan las cicatrices de las guerras civiles, una memoria cargada de dolor, y un contrato social roto que aún no ha sanado.
Y, sin embargo, allí las personas se encuentran en torno a una sola cosa: la confianza en Amel. Cooperan con ella, trabajan a su lado, le abren sus casas y sus corazones, porque ven en ella algo que va más allá de un servicio, de un programa o de un proyecto. Ven un sentido.
Entonces, ¿qué representa Amel para ellos?, ¿es solo una institución?, ¿o es, en el fondo, un proyecto de ciudadanía que se reconstruye desde la base social, allí donde la política fracasó y el contrato público se hizo pedazos?
Por eso estoy hoy aquí, no para presentar una experiencia completa ni un modelo cerrado, sino para reflexionar juntos sobre este recorrido, un camino del que aún podemos aprender mucho, y, más importante aún, un espacio amplio para que ustedes le agreguen lo que deseen, porque Amel nunca fue un proyecto cerrado; es un movimiento vivo que se alimenta de la gente y crece a través de ella.
Amel no nació de un excedente de poder, ni de una decisión administrativa, ni de un financiamiento deslumbrante. Nació como respuesta a un grito humano, una objeción a la guerra civil y a la lógica del asesinato y la división. Nació como rechazo al sectarismo y a las subidentidades mortales, y como creencia en que la persona no se reduce a una afiliación, y que la dignidad no se divide ni se posterga.
En 1979, cuando los proyectiles desgarraban suburbios, campamentos y aldeas, no esperamos a que amainara la tormenta. Entramos en ella. Lo hicimos como médicos, voluntarios e intelectuales, con botiquines de primeros auxilios e ideas tan simples como profundas: que el trabajo humanitario es la forma más veraz de resistencia, y que la solidaridad no es caridad, sino un acto de liberación. Así nació Amel, como un movimiento cívico y social no sectario, no para repartir ayudas, sino para restaurar al ser humano como valor absoluto, y trabajar para salvaguardar la dignidad, garantizar los derechos y reconocer que construir un mundo más justo y humano requiere de las luchas de personas que no piden nada para sí mismas y que no escatiman a los demás el desbordamiento de su entrega, cueste lo que cueste y sin esperar nada a cambio.
Desde el primer momento, no separamos la ayuda de emergencia del desarrollo, ni el apoyo del cambio. Entramos en los barrios populares, en el sur, en el Bekaa, en Beirut y sus suburbios, donde el Estado estaba ausente, o había sido hecho ausente. Allí sembramos nuestros primeros centros y lanzamos proyectos de salud, educación y desarrollo, no porque tuviéramos soluciones listas, sino porque creíamos que construir al ser humano es la única política real posible en un país desgarrado por los políticos.
La filosofía de Amel fue, y sigue siendo, sencilla en su formulación y profunda en su esencia: el optimismo es un oficio, la esperanza es una صناعة (una industria, un arte), y la rendición no es destino. Por eso, Amel no fue una asociación de servicios, fue un movimiento de liberación para el cambio, que trabaja para construir al ser humano y salvaguardar la libertad, porque entiende que la libertad no se protege solo con armas, sino con العقل (la razón), con conciencia y con dignidad. Sí, Amel participa en el núcleo de la lucha política, pero lo hace desde otra posición: de abajo hacia arriba, desde el pueblo hacia las políticas, desde la herida hacia la acción. Creemos que el verdadero cambio no se impone desde arriba, se construye desde la base social.
Durante los años de la guerra civil, el papel de Amel se centró en salvar vidas, ofrecer servicios de emergencia y solidarizarse con el ser humano sin importar su afiliación. En hospitales de campaña y clínicas temporales bajo bombardeo, se estableció uno de los grandes pilares éticos de nuestra filosofía: no se pregunta a una persona por su identidad mientras sangra, y la justicia comienza en el terreno, no en las conferencias. Paralelamente, se lanzaron programas para empoderar a mujeres y jóvenes, junto con campañas por la paz social, el fin de la guerra y la protección del tejido nacional. Desde el principio quedó claro que la respuesta no era un fin, sino un punto de partida para una pregunta mayor: ¿por qué se repite la tragedia?, ¿por qué persiste la injusticia?
Tras la guerra, con el inicio de la década de 1990, Amel pasó a ampliar los programas de desarrollo y empoderamiento, alcanzando a grupos más amplios, más regiones y con mayores niveles de especialización, contribuyendo al desarrollo rural en todos los niveles. En esta etapa, no nos limitamos a brindar servicios; lanzamos iniciativas para consolidar el concepto de ciudadanía, construir una nueva cultura en la sociedad y fortalecer el papel de la sociedad civil como fuerza crítica que corrige las políticas públicas. No fuimos un sustituto del Estado, sino un socio crítico que le recordaba que su primer deber es proteger al ser humano.
Con el inicio del nuevo milenio, Amel comenzó a adquirir una dimensión internacional, en reconocimiento a sus esfuerzos por llevar causas humanas legítimas a plataformas globales, y por representar al Líbano en foros internacionales. Nuestras alianzas globales se expandieron bajo el lema “Socios, no guardianes”, porque nos negamos a ser seguidores, y rechazamos que el Líbano se reduzca a la imagen de receptor permanente de ayuda. En esta etapa, la experiencia local se convirtió en conocimiento transferible, y la nación fue llamada a ser productora de sentido, no consumidora del mismo.
Desde 2010 hasta hoy, Amel ha contribuido a liderar una resistencia humanitaria, ha lanzado un movimiento global de solidaridad con los grupos marginados y ha transferido su experiencia al mundo y a los países desarrollados. Estableció sedes en Europa y en Estados Unidos, a la par de su papel en el Líbano al contener la crisis de refugiados, el colapso económico, la pandemia del COVID-19 y las guerras recurrentes, tras profundizar sus vínculos con numerosas instituciones humanitarias internacionales y activistas influyentes de todo el mundo que expresaron su deseo de cooperar con la institución para trasladar su experiencia como un modelo oriental exitoso hacia Occidente. De este modo, Amel se convirtió en la primera organización humanitaria libanesa en desafiar la lógica de dependencia oriental del Occidente, ya que normalmente son las instituciones occidentales las que abren sedes en Oriente, no al revés. Amel tomó la dirección opuesta y comenzó a exportar su modelo hacia Occidente. Este camino llevó a que Amel fuera nominada en múltiples ocasiones al Premio Nobel de la Paz, no como coronación, sino como reconocimiento internacional a una trayectoria de liberación transfronteriza, y hoy está nominada por décimo año consecutivo.
A lo largo de toda esta experiencia, la dignidad nunca fue un eslogan agitado en ocasiones ni un discurso invocado en tiempos de crisis, fue un acto de liberación social practicado a diario, en los pequeños detalles antes que en los grandes titulares. En el camino de Amel, la dignidad no se redujo a la defensa de derechos en el papel, se encarnó en cómo nos colocamos al lado de las personas cuando están marginadas, en cómo las escuchamos como socias y no como beneficiarias, y en nuestra insistencia en que la acción humanitaria debe ser un instrumento de liberación, no una gestión de la miseria. La dignidad se manifestó en cada centro abierto en una zona olvidada, en cada clínica móvil que llegó a lugares donde el Estado estaba ausente, y en cada iniciativa que devolvió a las personas la confianza en sí mismas y en su capacidad de actuar. Es una dignidad construida colectivamente, a través del trabajo compartido, transformando la solidaridad en práctica, la asistencia en una relación de iguales, y la necesidad en una oportunidad para reproducir sentido. En ese sentido, la dignidad no es una condición individual ni una exigencia puramente moral, sino una travesía de liberación de largo aliento que busca liberar al ser humano de la pobreza, el miedo y la dependencia, y colocarlo en posición de actor en la sociedad, no de víctima permanente. Desde ahí, la dignidad se convierte en un acto político por excelencia, no porque busque el poder, sino porque redefine la política misma como el cuidado de la vida, la construcción del ser humano y la salvaguarda de la libertad mediante la acción colectiva continua.
Distinguido público:
Preguntémonos, ¿cómo ha soportado el Líbano todo lo que ha vivido?, no porque los libaneses “se adapten”, sino porque existe una fuerza silenciosa en la sociedad, nacida de la gente común, de una asombrosa capacidad de convertir el dolor en fuerza y la tragedia en una hermosa paciencia. Ese es el otro rostro del Líbano, un Líbano que no grita, se levanta. Puede verse claramente en la experiencia de Amel, nacida de la guerra, para tejer uno de los capítulos más hermosos de la resiliencia humana.
En el diccionario de Amel, la respuesta no es un trabajo técnico, ni una mera reacción humanitaria, es una postura existencial y la primera forma de resistencia cuando se derrumba el orden público. No nos detuvimos en la respuesta, avanzamos hacia la acción estructural, hacia el desarrollo, hacia el desmantelamiento de las causas de la necesidad en lugar de gestionar sus consecuencias. Los recursos limitados se convirtieron en fuente constante de creatividad: clínicas móviles en lugar de hospitales destruidos, pequeñas escuelas en lugar de aulas cerradas, iniciativas vocacionales en lugar de ayuda temporal. La esperanza, en nuestra filosofía, no es un sentimiento, es un oficio, y la creatividad es una forma de resistencia.
Así, el trabajo humanitario en Amel se volvió un acto ético, liberador y político, no partidista, que vincula justicia social, democracia y ciudadanía. Resumí este camino en una frase: la dignidad es el único programa político viable. La liberación, en el pensamiento de Amel, no es un eslogan, es un proceso histórico y social continuo: liberación de la pobreza, de la ignorancia, de la dependencia, y de la conversión del ser humano en herramienta del juego del poder.
Con la acumulación de experiencia, Amel se transformó de una noble intención en un movimiento social de liberación con rasgos completos: una visión intelectual clara, una estructura organizativa, una identidad colectiva y un público comprometido con un proyecto de cambio a largo plazo. Esta identidad se construyó sobre tres círculos entrelazados: el ser humano, primero, porque ninguna secta está por encima de la dignidad; la nación, en segundo lugar, porque el Líbano no puede construirse sino sobre la ciudadanía; y la humanidad universal, en tercer lugar, porque la justicia no se fragmenta.
En un país agotado por el sectarismo y el clientelismo, esta institución representó una alternativa moral y práctica a ese sistema. Construyó un tejido humano que atraviesa las sectas, convirtió cada centro en un espacio de ciudadanía y a cada voluntario en un actor social, no en un mero ejecutor. El camino de Amel no se detuvo en las fronteras del Líbano. Llevó su pensamiento y su proyecto más allá de la geografía, abrió centros y sembró los frutos de su experiencia en varios países del mundo, desde Europa hasta Estados Unidos, y hoy se prepara para ampliar su presencia en otras regiones. Amel no salió al exterior en busca de reconocimiento o posicionamiento, llevó consigo la experiencia del Sur y del Líbano como saber, y la acción humanitaria como acto de liberación.
En Europa, como en otros lugares, la confianza en Amel se construyó sobre la claridad de su posición, no sobre la transacción. Es, en su esencia, una institución anticolonial, portadora del concepto de “resistencia humanitaria”, que busca liberar la acción humanitaria del pensamiento colonial que muchas veces la convirtió en instrumento de control en lugar de justicia. Desde esta posición, Amel entró en Occidente no como seguidora, sino como socia plenamente igual, cooperando con instituciones y gobiernos en beneficio de los pueblos, y canalizando estas alianzas al servicio del Líbano y de causas humanas justas, sin aceptar negociar sobre la libertad, la soberanía o la justicia, ni en el Líbano ni en ninguna parte del mundo.
Es precisamente esta claridad moral lo que distinguió a Amel a nivel mundial, cuando convirtió el trabajo por la causa palestina —la causa humanitaria más justa de nuestro tiempo— en un criterio ético para la acción humanitaria misma, en una era en que muchos prefirieron apaciguar a Occidente y a los donantes, neutralizando la justicia dentro del trabajo humanitario. Para Amel, lo correcto no se negocia, y la humanidad no se separa de la postura, porque la dignidad, cuando se fragmenta, pierde su sentido, y cuando se negocia, se vuelve un eslogan vacío.
Amel vivió las condiciones más duras y libró las batallas del trabajo humanitario, social y de desarrollo con gran profesionalismo y con clara comprensión de su rol, manteniendo en el centro la dignidad de las personas humilladas por la máquina de guerra, devoradas por la codicia de los comerciantes y heridas por las fauces del capitalismo salvaje. Esta institución no fue debilitada por las catástrofes que azotaron al Líbano, desde la guerra civil, las invasiones enemigas y las olas de violencia que se vertieron sobre el país, hasta el terrorismo que sembró el miedo en más de una región. Nada de eso nos hizo rendirnos ni desesperar. Seguimos alzando la vela y cortando las profundidades de la experiencia humana, con optimismo hacia el futuro. Nuestros números no disminuyeron; las dificultades aumentaron nuestra determinación de continuar el camino que elegimos desde el principio, en defensa de la dignidad humana y del derecho a una vida justa y digna.
Finalmente, lo que presenté hoy no fue la narración de una experiencia terminada ni la celebración de una trayectoria completa, sino un intento de transmitir las lecciones aprendidas de un largo camino de acción humanitaria liberadora. Un camino que nos enseñó que la dignidad no se concede, se conquista mediante la acción colectiva, y que el cambio no parte de las grandes instituciones, sino de pequeñas convicciones que se convierten en prácticas cotidianas. Quise colocar esta experiencia en sus manos, no como un modelo a imitar, sino como un espacio abierto al pensamiento, y una invitación para que cada uno de ustedes se pregunte: ¿dónde estoy yo en este camino?, ¿cómo puedo ser parte de esta experiencia, apoyarla o incluso iniciar una similar en mi entorno y comunidad?
Su responsabilidad no se limita a la simpatía o la admiración, se trata de valentía: la valentía de transformar la ira en acción organizada, la decepción en un proyecto, y una pregunta en una iniciativa. La valentía de pasar de ser espectador a ser actor, y de creer que el cambio, por pequeño que parezca, es a la vez un acto político y ético. Amel nunca fue propiedad de una sola generación, ni monopolio de una institución; fue, y sigue siendo, una invitación abierta a toda persona que rechace la injusticia y crea que la dignidad no es un eslogan que se enarbola, sino una práctica diaria que se construye con paciencia y trabajo, y que la construcción del ser humano es el camino más sincero y más duradero para salvaguardar la libertad y crear un futuro que valga la pena vivir.
